
Si visitas Zaragoza, es indispensable que salgas una noche a cenar de tapas por el tubo. Un conjunto de callejuelas del casco antiguo de Zaragoza, donde se mezclan los bares antiguos con otros más modernos y a los que se va fundamentalmente a tapear.
Las calles se convierten en un hervidero de gente que va de bar en bar a disfrutar de estos placeres en miniatura.
A pesar de que hay tapas realmente exquisitas (ayer probé un montadito de alcachofa y carne picada con salsa de foie que quitaba el sentido), creo que lo importante no es tanto la comida como el ambientillo que se forma.
Los bares por lo general son pequeños, la gente se apelotona en la barra, y las copas de vino se mezclan sin saber muy bien cuál es la tuya al final. Tienes que comer de pie en la mayoría de los locales y no encuentras sitio para dejar el abrigo. La vajilla se acumula en las mesas, normalmente altas, para estar de pie, a veces en forma de barriles de vino, otras de mostrador, por la imposibilidad del personal de recoger todo lo que se consume.
Visto así, puede que parezca treméndamente incómodo salir a cenar, y sin embargo es un verdadero placer.
El vino, la conversación informal, el ir de un lado a otro, el descubrir la mezcla de sabores en un plato que cabe en una mano, el roce con la gente. Todo eso, hace que de vez en cuando nos apetezca olvidar la comodidad del restaurante donde te sirven y tienes tu espacio y tu silla, y tu tiempo, y nos lancemos al tapeo.
Ayer, salí por la zona, y estuve en cuatro bares. Bares con solera, como
La Bodeguilla de Santa Cruz, donde nos sirvieron una verbena de tapas (ver foto) y unas papas con mojo, y otros más modernos como el
Manjares, donde degustamos un risoto de boletus riquísimo.
Ahí queda mi recomendación, salir de tapas no es tanto comer como un acto social, además, una vez terminada la cena, hay multitud de bares de copas en la zona para terminar la velada como está mandado.